El grupo forma un círculo, cada uno pone sus brazos alrededor de sus vecinos. Todos miran hacia el centro del círculo. Balanceándose suavemente al ritmo de un pie al otro, todos cantan con voz profunda y resonante: «Dong... dong... dong...»
Progresivamente la altura sube, el balanceo se amplía, el sonido llena la sala. Un ejercicio meditativo de grupo que desarrolla la resonancia vocal y la conexión colectiva.
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